Capítulo III. El Derrumbe
Si algo ha demostrado el coronavirus es que la sociedad existe, como afirmó un diputado conservador desmintiendo a su antigua líder, Margaret Thatcher. Las redes de solidaridad que había tejido la ciudadanía estaban siendo un amortiguador de las carencias del Estado. Gracias a una iniciativa de cocineros voluntarios, se repartieron 30.000 comidas diarias entre la ciudadanía madrileña más necesitada. Incluso, contra todo pronóstico, nuestro periódico estaba consiguiendo sobrevivir gracias al incremento importante de socios, en unas circunstancias tan excepcionales.
Una tarde recibí la noticia de la muerte de Josefa. Su cadáver se trasladó al Palacio de Hielo, como el de tantos ancianos. Allí quedó encerrado en su ataúd hasta la mañana siguiente. Me autorizaron asistir al entierro. Rápidamente llame a Lola para darle la noticia. Los dos lloramos abrazados durante casi una hora, a dos mil kilómetros uno del otro.
Bebí unas copas del mejor vino que conservaba en casa y Lola tomó varias cervezas. Por aquellos días se puso de moda beber en grupo, como sustitutivo de nuestra costumbre social de alternar en los bares. Sentí la muerte de Josefa, como la de un ser muy querido que, además, me recordaba la biografía de mis padres. Me dolía la soledad de Lola, en Dublín, sin poderse despedir de su madre. Hablamos largamente de sus recuerdos, de la infancia, de su padre y de sus hermanos, y sobre todo, de Josefa, de sus tortillas de patata, de su forma de unir a la familia, de cómo encajó la muerte de su marido. De la lucha por salir todos adelante en Moratalaz, por licenciarse, de los caminos que sus padres le abrieron hasta que llegó a trabajar en la sede central de una multinacional irlandesa. No puede dormir en toda la noche, sobresaltado por la idea de la distancia, del espacio y del tiempo.
A la mañana siguiente de acuerdo con lo convenido me dirigí al cementerio del Este. Junto con tres de sus hijos, acompañé el cadáver de Josefa Díaz Martín, natural de Chinchilla, provincia de Albacete. Hija de José y María de los Llanos. Teníamos la cara cubierta con mascarilla azules y las manos con guantes de látex. El sepelio se produjo con extraordinaria rapidez. Por la noche, Lola y yo, hablamos muy poco. Recuerdo, que fue una conversación de miradas, que se finalizó con un “te quiero cariño” que nos dijimos casi de manera simultánea.
Pocos días después, un delegado sindical de Comisiones Obreras, me filtró una información. Al principio no le di demasiada importancia. Se trataba de un número anormal de operarios de limpieza infectados, que correspondía con uno de los seis lotes estaba dividido el servicio en la ciudad de Madrid. Más tarde comprobé que este sector correspondía a los distritos de Puente de Vallecas, Villa de Vallecas, Moratalaz y Vicálvaro, los mismos que señalaba en su artículo el concejal de Mas Madrid. Me puse esa misma tarde en contacto con la empresa concesionaria del servicio. No podían darme datos del personal afectado y aseguraron que el servicio se venía prestando con toda normalidad.
Según los datos del sindicato, estaban 102 trabajadores de baja, de un total de 1.000 y 4 fallecidos. En otras zonas, las cifras comparativamente habían sido muy inferiores. Se puso en contacto conmigo Ramón Peláez, el secretario de salud laboral de CC.OO. Contó que gracias a la denuncia se habían realizado tests a un número significativo de operarios, de los que casi la mitad habían dado positivo. Muchos de los trabajadores están sujetos a movilidad entre los cuatro distritos y comparten los retenes donde se cambian de ropa y guardan los útiles de trabajo. Durante la jornada laboral, salen a barrer las calles y limpiar el mobiliario urbano, que luego utilizan los vecinos. Otro grupo de trabajadores se dedica a mantener los parques y jardines. Publiqué esta información y a los pocos días, recibí un mensaje de Ramón: 400 trabajadores habían recibido la baja médica o se les había aplicado una cuarentena preventiva.
Cuando se pudo hacer, un recuento fiable de víctimas y un rastreo de las vías de contagio, se comprobó que un porcentaje muy alto de infectados con síntomas graves, correspondía a acompañantes de mascotas, mayor en el caso de los propietarios de animales potencialmente peligrosos. Muchos de ellos hacían uso a diario de bancos y papeleras.
Con la vuelta al trabajo, el 11 de mayo, de los trabajadores que no podían teletrabajar, se produjo un rebrote que afectó principalmente a Madrid y Barcelona. El transporte público contabilizó un incremento de viajeros del 50%. Las mascarillas y los protocolos de buenas prácticas eran insuficientes, porque el virus estaba expectante para atacar a sus víctimas en los lugares más insospechados de las grandes ciudades. Los datos de las pruebas que se hicieron a 90.000 personas indicaron que, al menos, uno de cada diez españoles, pudo contagiarse. Sin embargo la OMS advirtió, que no era seguro que los contagiados quedaran inmunizados. Como en años anteriores, la segunda mitad de Mayo fue lluviosa y relativamente fresca, lo que favoreció aquel inesperado repunte.
Volvieron los días con más de 300 fallecimientos. En aquellos momentos 80.000 trabajadores sanitarios estaban afectados de una manera u otra. Todo ello supuso un retroceso de la salud y la moral de un pueblo al borde de de sus fuerzas. El 20 de Mayo, demasiado tarde ya, el Presidente Pedro Sánchez compareció nuevamente, primero ante las cámaras de televisión para anunciar el confinamiento de las provincias de Madrid y Barcelona. La situación en las unidades de cuidados intensivo de esas ciudades aconsejaba trasladar enfermos a otras ciudades, a otras comunidades. El pulso del país se paralizó.
Mientras esto sucedía en España, la CNN, Fox y Reuters, informaron de la sesión en la que el Senado de Estados Unidos tenía que dilucidar el Impeachment contra Trump. Bill de Blasio, el alcalde neoyorquino se había opuesto frontalmente a la negativa de Trump de utilizar el ejército para que los ciudadanos guardaran la cuarentena. Desobedeció varias normas federales injustas y puso en marcha iniciativas como la de dar por finalizado el curso académico en toda la ciudad. Este neoyorkino de casi dos metros de estatura, trabajó en su juventud como cooperante en la Nicaragua sandinista. Desempeñó distintos trabajos municipales y siguió colaborando como voluntario en organizaciones no lucrativas. La vivienda y los servicios sociales dirigidos a personas con SIDA o que sufrían la discriminación racial, fueron objeto de su actividad política.
Trump y De Blasio se detestaban mutuamente. El año anterior el Presidente afirmó que De Blasio, era el peor Alcalde del país. El mandatario consideró que De Blasio era "una broma" y señaló que los ciudadanos de Nueva York "odian" a su alcalde, cargo que ha ocupado desde 2014. "Pero si te gustan los impuestos altos y el crimen, él es tu hombre", advirtió el presidente, con su habitual desparpajo. "Solos no podemos resolver esta crisis", dijo De Blasio en un discurso cargado de lenguaje militar y en el que pidió la ayuda inmediata del Gobierno Federal y del Ejército, así como un "Plan Marshall" para el sistema sanitario. Había avisado de la catástrofe que se avecinaba. "Lucharemos esta batalla durante las próximas semanas, pero cuanto más avanzamos más necesitaremos la ayuda federal y es el momento de esa ayuda", subrayó, antes de preguntarse por qué Trump no estaba reaccionando con mayor diligencia. Según el alcalde, el material y los equipos médicos de los hospitales se agotarán en dos semanas si no llegan más suministros y pidió a Trump que decrete la producción de estos suministros y que movilice al Ejército. Sucedió lo previsto por De Blasio ante la incredulidad de Trump y de todos los que, como él, pensaban que América no solo era lo primero, sino que, además, era invencible.
La destitución del presidente requería el apoyo de dos tercios del Senado. La Cámara de Representantes había aprobado inicialmente por mayoría, 326 de sus 435 miembros, trasladar al Senado la decisión definitiva. Estuve contando las horas para que llegase el día de la votación, que podía dejar fuera del combate a Donald Trump. Se oían rumores y se hacían cábalas de una posible dimisión del Presidente. Pero finalmente, se votó y para escarnio suyo, el impeachment salió adelante con el voto de 72 senadores, 5 por encima de los que habrían sido necesarios. El vicepresidente, Mike Pence, fue nombrado presidente hasta las elecciones presidenciales. Trump en su cuenta de twitter afirmó que fue objeto de un golpe de estado del que estaba detrás el Gobierno chino. Hoy está en la cárcel del Estado de Nueva York a la espera de un juicio por traición.
Permanecí atento a todas las novedades de la pandemia, desde mi casa en El Ensanche de Vallecas. Aplicando mi propio código de rutinas, acudía algunos viernes a un hipermercado próximo a mi casa, donde hacía acopio de los productos imprescindibles, principalmente alimentos frescos. Nos organizamos un grupo de vecinos y cada semana tocaba a uno de nosotros hacer la compra. Me acostumbré a ser más cauteloso con el consumo de las cosas. La necesidad de salir de casa cuando faltaba la leche, la carne o los productos higiénicos, me hizo más comedido, más conocedor de la justa medida.
Un día decidí hacer la compra en una gran superficie junto a la Avenida de la Albufera. Me encontré el parking cerrado y una vez que aparqué el coche, enfilé la cuesta del parque de bomberos, donde una cola de personas cubiertas de mascarillas hacía una cola casi interminable. El silencio era devastador. Al ser uno de los puntos más altos de la capital, se oteaba el skyline de Madrid al fondo, una ciudad inmóvil que entonces, como nunca, me pareció indefensa. Nadie hablaba en aquella fila de personas asustadas, todos guardaban una gran distancia entre ellos.
Ya escaseaban algunos productos en las estanterías. Sobre todo las frutas y verdura de temporada. Con las fronteras cerradas España necesitaba urgentemente a los temporeros. La recogida de las cosechas necesitaba 80.000 temporeros. Se notaba el cansancio de los trabajadores de los supermercados y del pequeño comercio, diezmados por la enfermedad. Empezaron a barajarse propuestas de limitación del consumo. Por un lado, potenciar una red de reparto a domicilio y otra, crear una especie una tarjeta monedero para asegurar al conjunto de la población una alimentación básica. Los productos ya no se reponían diariamente y había que tomar medidas. Algunas cadenas empezaron a cerrar tiendas. De un supermercado por 840 habitantes, España pasó a tener una tienda por cada 2.000. La capacidad de distribución logística disminuyó.
El problema era común en toda Europa. Países como Italia, Francia, Portugal o Alemania habían pedido agilizar la llegada de trabajadores agrícolas de terceros países de forma segura. Alemania, relajó las restricciones de viaje a los temporeros de Polonia, Rumania Bulgaria entre abril y mayo para asegurar sus cosechas. Además, propuso atraer otros 10.000 trabajadores, incluidos desempleados, estudiantes y solicitantes de asilo. En el caso de España, muy dependiente de mano de obra marroquí, se descartó la llegada de contingentes de trabajadores desde el Norte de África. Cada país de la Unión Europea iba por libre.
El texto aprobado en Abril en el Eurogrupo, era claramente insuficiente para enfrentarse de manera común a un desastre de tal magnitud. A partir de entonces, se podía recibir ayuda del fondo de rescate europeo, pero solo para el gasto sanitario o relacionado con el coronavirus. La vigilancia de la troika seguiría en pie por si España o Italia se veían obligadas a pedir un préstamo para sufragar la recuperación económica. Italia y España tenían la batalla perdida. Los llamados eurobonos o coronabonos quedaron totalmente fuera de los acuerdos. Francia, Portugal y en menor medida Irlanda también recibían la sacudida de la crisis. Sin eurobonos, los países que lo necesitasen ya no tendrián ayuda para hacer frente a la deuda adicional a la que se tendrán que enfrentar para sufragar los enormes gastos económicos de la crisis del coronavirus.
Después del aplazamiento hasta los meses finales del año de la implantación del Plan de Reconstrucción, Alemania decidió apoyarse en grupo de los países más intransigentes entre los que figuraban los Países Bajos, Austria y Finlandia. Por el contrario, Francia decidió impulsar un grupo de naciones, junto con Italia, España, Portugal e Irlanda. El 21 de mayo se reunieron en Pau los presidentes y primeros ministros, Enmanuel Macron, Antonio Conte, Pedro Sánchez, Antonio Costa y Leo Varadkar. Acordaron medidas de ayuda mutua que no habían conseguido en las instituciones europeas.
El texto resultante de la reunión contenía párrafos que parecían escritos por el economista Thomas Piquetty. “Tenemos que luchar contra el nacionalismo con más federalismo social”. “El libre comercio y flujo de capitales entre dos países no deben continuar si no se comparten objetivos y modelo de desarrollo” “Pase lo que pase la Europa en la que creemos protegerá a sus hijos,”. La declaración, que dio origen al grupo de Pau, no suponía una ruptura formal con la Unión, pero en la práctica establecía una Europa dividida en zonas de influencia: El grupo liderado por Alemania y el nuevo grupo de influencia francesa. La unidad de Europa costó dos guerras mundiales, la división del continente en bloques, la superación de varias dictaduras y el difícil parto de la moneda única, se desplomó en unas semanas.
El 25 de Mayo conversé con Lola del cambio de posición de Irlanda, desde la constitución de un gobierno de unidad nacional, ahora presidido por su amiga Mary Lou McDonald. Le pregunté sobre qué podíamos esperar de la taoiseach irlandesa y si creía que podía concedernos una entrevista para El Diario.es. Quedamos en que lo iba a consultar. Para Lola, Mary Lou, era una persona muy generosa y cercana, una excelente parlamentaria, muy europeísta, del área moderada del Séin Feinn y una polemista a la que sus rivales temían enfrentarse en los debates. "Es muy amiga de España. Trabajó un año en Almería, dando clases de inglés. Cuando estamos solas, hablamos siempre en español", concluyó mi pareja.
El 30 de mayo, sucedió un trágico acontecimiento en la Manga del Mar Menor, cuando cuatro jóvenes madrileños decidieron escapar de la prohibición de viajar y pasar unos días al sol. La región de Murcia es una de las que tiene un clima más cálido de toda la península. Esta circunstancia facilitó que las consecuencias de la epidemia fueran leves, en comparación con Madrid. Las cifras en Murcia se habían contenido en 4 muertos y 200 contagiados por cada 100.000 habitantes, según los datos de aquellas fechas.
La población de la costa mediterránea se volvió muy hostil contra aquellos ciudadanos procedentes de Madrid, que aprovechaban la menor oportunidad para cargar el coche y largarse a una segunda vivienda. Se les consideraba apestados portadores potenciales de una enfermedad que podía expandirse por su pueblo y no les faltaba razón. Alguien reconoció a uno de los jóvenes, un profesor de gimnasia de Alcalá de Henares, que veraneaba desde niño con sus padres en Lo Pagán. También fueron reconocidos en un supermercado abasteciéndose de bebidas. No ayudó mucho, que hicieran excesiva ostentación de su presencia en la playa de Villananitos.
Pero lo que provocó el fatal desenlace, fue el incidente entre los forasteros y un matrimonio mayor que les recriminó su conducta, cuando les pidieron que se fueran de vuelta a Madrid. La disputa verbal acabó con insultos mutuos y alguien de los madrileños empujó al lugareño, con tan mala fortuna que cayó al suelo. Más por la edad que por la violencia del golpe, tuvo que ser trasladado en ambulancia al hospital con daños en la cadera. La riña fue vista desde las ventanas por los vecinos y uno de ellos, activó un grupo local de whatsapp ya alertado por una estancia en el pueblo tan indeseada.
En pocos minutos una masa enfurecida de 100 personas, armada de machetes y palos se dirigió la la vivienda de los madrileños muy cerca de la playa. Desgraciadamente, les sorprendieron en sus inmediaciones, cuando ya se disponían a irse del pueblo. Antes de que alcanzaran el coche, sin previo aviso, alguien dio el primer golpe, seguido por el resto hasta que los cuerpos ensangrentados cayeron inertes sobre la acera. Luego llegó lo más macabro, uno de los agresores roció a las víctimas con gasolina y les prendieron fuego. Pensaban que las llamas purificarían el aire e impediría que “el virus de Madrid”, contagiase el pueblo. Cuando llegó la Guardia Civil ya era demasiado tarde.
No aplacó los ánimos la detención en muy pocas horas de 5 agresores. Las imágenes de televisión y, sobre todo, las que se difundían en las redes sociales con toda su crudeza, generaron una conmoción impresionante en la opinión pública. Sobre todo en Madrid y en Alcalá de Henares donde eran muy conocidos. Unos 3.000 vecinos, se saltaron el Estado de Alarma para asistir al entierro. El sepelio fue una inmensa manifestación de dolor y, porqué no decirlo, de rabia. Se alzaron voces que culparon de los hechos al estrés del confinamiento y a los continuos vaivenes del gobierno, siempre por detrás de los acontecimientos. Lo cierto es que una parte significativa de la opinión pública española se mostró comprensiva con este linchamiento.
Con el sistema sanitario al límite, se hacía inaplazable el envío de enfermos graves de Madrid y Barcelona a otras comunidades autónomas. Las tensiones entre los ciudadanos de las distintas regiones se trasladaba a las videoconferencias de Pedro Sánchez con los presidentes de las comunidades autónomas. Por fin la conferencia de presidentes del 2 de junio, se abordó el espinoso asunto del traslado de enfermos. Para el caso barcelonés, dadas las reticencias de las regiones limítrofes de aceptar enfermos catalanes y de la Generalitat a transferirlos, se llegó a la solución de atracar dos cruceros medicalizados en el puerto de Barcelona. Quim Torra aceptó esta medida a regañadientes. Alguien le oyó murmurar: “Com els agraden els creuers als espanyols”. En el caso de Madrid, las alternativas pendían de un estrecho margen de maniobra. Las comunidades más próximas, Castilla León y Castilla La Mancha, estaban casi tan afectadas como Madrid. La única posibilidad era enviar enfermos a Extremadura, donde la pandemia se había controlado, seguramente por las temperaturas del último mes. El presidente extremeño, el socialista Fernández Vara, hizo todo lo posible porque la medida se desestimase, pero al final no se vio con fuerza suficiente para oponerse y se aprobó un primer traslado de 200 enfermos a hospitales extremeños.
La indignación se desató en Extremadura, que ya arrastraba un sentimiento de agravio por distintas razones, la más importante, la deficiente comunicación por ferrocarril con el resto de España. Toda Extremadura salió ese día a los balcones, para protestar con una sonora cacerolada, un ruido que llegó a las puertas de la Moncloa. Los dos presidentes socialistas, Sánchez y Fernández Vara, hablaron la misma noche tratando de pactar una solución. El extremeño amenazó con dimitir si se llevaba a efecto el traslado de los enfermos de Madrid. Sánchez, seguro de sus propias fuerzas, le conminó: "Los primeros enfermos llegarán a Extremadura la semana siguiente".
Fernández Vara no solo no dimitió, sino que adoptó a partir de entonces una actitud desafiante con el Gobierno Central, al que llegó a acusar en una solemne declaración, de “traicionar a Extremadura y de poner en riesgo la salud de sus ciudadanos a propósito”: Más gasolina. Cuando el 6 de junio, las primeras ambulancias transportando enfermos se acercaban a Navalmoral de la Mata, en dirección al Hospital de Campo Arañuelo, se encontraron la carretera cortada con cientos de tractores y vehículos, que les impedía el paso. Los manifestantes eran totalmente intransigentes y la situación de orden público se puso cada vez más tensa, a pesar de la presencia de al menos, 60 vehículos repletos de agentes antidisturbios. Tras una hora de forcejeos, se produjo la carga policial que arrojó decenas de heridos a ambos lados de la autovía. La situación de caos era patente y varias cadenas de televisión emitieron en directo los enfrentamientos. El Ministro Grande Marlaska, no tuvo más remedio que ordenar el regreso de las ambulancias a Madrid. Uno de los enfermos transportado murió en el camino.
El presidente extremeño declaró en Telecinco, que comprendía la actitud de los manifestantes, hartos del olvido de Madrid. Y anunció “que iba a desobedecer cualquier decisión del Gobierno de Madrid que supusiera el envío de pacientes de coronavirus a Extremadura”. Asimismo, anunció que no volvería a conectarse a la conferencia de presidentes. Contra todo pronóstico, la fragmentación de España no se inició en el País Vasco o en Cataluña, la comenzó un presidente socialista aquella tarde de primavera en la provincia de Cáceres.
La sensación de anarquía se apoderó del país. Se estaban produciendo saqueos en los supermercados, el linchamiento de los jóvenes madrileños en el Mar Menor y ahora, la explosiva situación en una región olvidada, impulsó la constitución de un gobierno de gran coalición, en la creencia equivocada de que los gobiernos pueden ser más fuertes que la naciones y que los deseos se pueden imponer a la realidad. La patronal, el Fondo Monetario Internacional, la prensa con la excepción de unos contados medios de izquierda, exigían un cambio de rumbo. Hasta los sindicatos y mi periódico, parecían aceptar el mal menor de un gobierno del PSOE y el PP con apoyo externo de Ciudadanos.
El Partido Popular mantenía discretos contactos con sectores del Partido Socialista, desde hacía un mes. Se intentaba la constitución de un gobierno presidido por un independiente o en el peor de los casos por un socialista como el jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell. Estos intentos fracasaron porque sus impulsores no midieron, la fuerza de Pedro Sánchez en el Partido, sobre todo en el grupo parlamentario y en lo que quedaba de Europa. Este maniobró con su habitual capacidad de supervivencia, pactando la composición de un nuevo gobierno, donde se reservaba la mitad del poder a los populares y una única vicepresidencia para Pablo Casado. Un gobierno que nacería el 14 de Junio con el apoyo de 222 diputados y la bendición de los poderes fácticos. El PNV, JuntsXCat y VOX se abstuvieron. Unidas Podemos, ERC y la mayoría del grupo mixto votaron en contra.
Mi antiguo compañero, Pablo Iglesias, decidió unir su destino personal al de la fuerza política que había fundado y convocó una consulta interna sobre su continuidad al frente de Podemos. “No es momento de abandonos sino de seguir luchando con la fuerza de nuestros inscritos y de la gente”, declaró a la salida del del Congreso de los Diputados. Ignoraba, que Pablo Echenique maniobraba a sus espaldas con Alberto Garzón y Ada Colau, para emprender una confluencia política nueva, que se llamaría "La Izquierda en Común".
Entre los nuevos ministros destacan los nombramientos de Carmen Calvo como nueva Ministra de Interior; Cayetana Álvarez de Toledo, Ministra de Exteriores; el ex ministro Luis de Guindos, al frente de Economía; Ana Pastor se hacía con Sanidad, y Tomás Guitarte de Teruel Existe, asumió el nuevo ministerio de la España Vaciada. Conservaban sus carteras Margarita Robles, José Luis Ábalos y Teresa Ribera. Se recuperó para la política a un incombustible: Gaspar LLamazares en Industria.
Hablo de todos estos sucesos como si hubieran ocurrido el siglo pasado, cuando en realidad se dieron hace solo 45 días, o tal vez no sucedieron nunca. Fue el gobierno más breve de la historia moderna de España y eso que sus defensores, le presentaron como un gobierno que venía a restablecer el orden, la moderación y la estabilidad, que el país necesitaba. Se le definió como un “Gobierno de Salvación” y no como “un gobierno de Reconstrucción”. No contaban sus promotores con el hastío de los españoles, con su agotamiento, con su sensación ya crónica de abandono por una clase política, incapaz tan siquiera de compartir los sacrificios, que desde el primer día les pidió el nuevo gobierno. Así, mientras la España oficial de los medios y de los creadores de opinión, aplaudían el nuevo rumbo, el pueblo de a pié, interiorizó el paso dado como una vuelta de tuerca más y el anticipo de penurias sin reparto. Desde el primer momento, los de izquierdas desconfiaron de un gobierno donde Casado era vicepresidente y los de derechas de un ejecutivo con Pedro Sánchez al frente. Lo cierto es que en medio de una crisis sin precedentes en el país, este Consejo de Ministros estaba condenado a gestionar el caos.
Aún estaban peor las cosas en Estados Unidos y sobre todo en Nueva York, donde el alcalde de la Ciudad y el gobernador del Estado, asumieron el mando en medio del vacío de poder, que se apoderó del país tras la destitución de Trump. Los conflictos, muchos de ellos raciales, por una epidemia que se cebaba en los viejos y en los pobres, se sucedían casi a diario. El endeble sistema público de salud americano fue incapaz de dar una respuesta eficaz a la crisisis sanitaria. La ciudad de Nueva York se acercaba a los 80.000 muertos a mediados de Junio. Por muchos motivos la permanencia en la ciudad se había hecho muy peligrosa. El Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, propuso el traslado provisional de los trabajos de la Secretaría y de algunos organismos como la OMS a un lugar más seguro y ceder provisionalmente el histórico edificio de Manhattan para un hospital de campaña. Consultó a Mike Pence, Vladimir Putin, Emmanuel Macron, Boris Johnson, Ángela Merkel y Xi Jinping, que aprobaron la iniciativa. El lugar elegido fue San Juan de Terranova. El apoyo de los principales líderes mundiales a la doble decisión de Guterres de trasladar la sede de la ONU y prestar la sede para combatir la pandemia, reavivó el protagonismo del organismo mundial, que tendría consecuencias decisivas para el mundo. En España, todo estaba en cuestión, todo era frágil y el gobierno era muy débil.
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