Capítulo I. España y Occidente Derrotados
España y occidente estaban derrotados aquella calurosa noche, que ponía fin al mes de Julio. La derrota no era solo sanitaria y económica. Una sensación de abatimiento colectivo dominaba el estado de ánimo. En apenas unos meses, la sociedad española vio resquebrajarse los cimientos que la sustentaban, enfrentándose a su peor distopía. Amanecería el mes de agosto y una nueva era.
Recibí un mensaje de mi periódico: ”Ha finalizado la reunión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, con decisiones trascendentales para el futuro de España, atento a las fuentes informativas habituales, especialmente al streaming en directo del Secretario General, Antonio Guterres”. El microondas calentaba el último descafeinado de una agitada jornada, cuando empecé a repasar los increíbles sucesos de los últimos meses. Lo que aquí se describe, es la historia que cambió nuestras vidas para siempre.
Todo empezó en enero, después de navidad. Un mes antes, se clausuró en Madrid la Cumbre Mundial del Clima, con un débil llamamiento a los países para ser más ambiciosos en la lucha contra el cambio climático. El día 7 cuando me dirigía al El Diario.es, a la altura de la Plaza del Conde de Casal me paró un control rutinario de policía. Era la primera vez que me pasaba. Saqué mi documentación. Nombre: Leonardo Gutiérrez Conde. Profesión: Periodista. Fecha de nacimiento: 20 de noviembre de 1975. Proseguí la marcha. Había quedado con el director, Nacho Escolar, un viejo amigo desde los tiempos en los que formamos el grupo de indie pop, Meteosat. Vivía solo en un piso en el Ensanche de Vallecas, desde que Lola emigró a Dublín. Trabajaba como economista en las oficinas centrales de una multinacional de la ropa. Nos comunicábamos diariamente por Skype. Algún fin de semana tomábamos un vuelo low cost y nos reuníamos en mi casa o en la capital irlandesa.
En aquellos días, España era un hervidero de rumores a propósito de la investidura de Pedro Sánchez. La designación de los nuevos titulares de los ministerios y la constitución del primer gobierno de coalición desde 1977, entre el Partido Socialista Obrero Español y Unidas Podemos, coparon las portadas de la prensa. El titular de El País de ese día, fue: “Sánchez afronta la investidura más ajustada de la democracia”. Los ciudadanos en sus casas recogían los adornos navideños y las niñas y niños jugaban despreocupados con los juguetes recibidos la mañana anterior. La iluminación de Navidad lucía todavía en unas calles atestadas de gentes, que llevaban las manos repletas de bolsas con los últimos regalos.
Cayó en mi mano una información de la agencia china de noticias, Xinhua. El último día del año las autoridades identificaron un misterioso coronavirus en Wuhan, que causó una neumonía. Más tarde se descubrió que el virus se estaba transmitiendo desde noviembre. El asunto me interesó especialmente. Trabajé durante dos años en Uganda como responsable de comunicación de Médicos Sin Fronteras, en la época que el ébola causó miles de víctimas en el continente africano. Cuando me incorporé al periódico me especialicé en la información local de Madrid, investigando alguno de los casos de corrupción que salpicaron a su administración. Entrevisté en dos ocasiones al entonces poderoso Consejero de la Comunidad de Madrid, Antonio Almendros, imputado por la Operación Púnica. Almendros era un hombre de verbo fácil, con un notable don de gentes y la lengua muy larga en petit comité, a la hora de destapar los turbios asuntos de sus compañeros de partido. Por eso, siempre he conservado su contacto, incluso durante el largo periodo que estuvo en prisión preventiva. Gracias a él conocí al protagonista de uno de los mayores escándalos del tiempo de la pandemia.
Propuse a la redacción seguir al nuevo virus, por si se producía una crisis sanitaria en Extremo Oriente. Los espacios informativos seguían reservados a la constitución del nuevo gobierno, que finalmente se produjo el 11 de enero. Esa noche me contó Lola, que el producto más vendido por Amazón habían sido unos guantes táctiles para móviles. Nadie sospechaba la relevancia que alcanzarían otros guantes en los meses siguientes. La atención informativa giró la semana siguiente hacia la aprobación del pin parental en la Región de Murcia. Una propuesta de VOX para que los padres de los alumnos, intervengan en las actividades complementarias de los colegios.
No fue hasta el 17 de enero, cuando de pasada, se informó que la OMS vigilaba el avance del virus que había saltado a Tailandia y Japón desde China. Ese día las infecciones en el gigante asiático fueron cuarenta y una, y se habían producido dos muertes, según medios oficiales. Por la noche fue la primera vez que hablamos Lola y yo del coronavirus. Llegamos a la conclusión de que no parecía tan preocupante como el SARS, que causó la muerte de 200 personas en Asia, en su mayoría personas mayores.
El 20 de enero, la epidemia se expandía imparablemente por la provincia de Hubei, de tal forma, que las autoridades confirmaron un tercer fallecido y 136 nuevos casos. Ese día se detectó el primer caso en Corea del Sur. Hasta aquel momento se decía que la transmisión entre humanos parecía poco probable. Al mismo tiempo, unos científicos japoneses habían hallado el organismo que dio origen a la aparición de animales y plantas en la tierra hace 2.000 millones de años.
Desconecté de estas informaciones, porque estaba preparando un reportaje de investigación que señalaban a la dirigente de VOX Rocío Monasterio, como firmante de proyectos arquitectónicos sin titulación. Pero una tarde fría de invierno, Nacho me encargó que hablara con mis contactos en la OMS y en Médicos sin Fronteras, recopilando toda la información disponible del coronavirus. Desde entonces soy el encargado de su seguimiento en la redacción.
El incremento de afectados fue muy rápido, confirmando que el “nuevo virus chino”, como se denominaba en los medios a la COVID-19, se contagia entre humanos, y se confirmó un caso en Seattle (EE.UU). El 22 de enero, apenas 15 días desde su aparición, se decreta la cuarentena en Wuhan. Once millones de personas permanecieron confinadas en la ciudad hasta el mes de Abril. Los datos de ese día son 634 infectados y 18 personas muertas. Surgen las primeras críticas a la opacidad informativa y se sospecha que China había estado ocultando la dimensión del problema. El 23 de enero, China amplió la cuarentena a 33 millones de personas y comienza la construcción de un hospital de campaña en Wuhan. Eran ya 1.100 los casos confirmados y 41 los fallecidos a causa del virus. Sin embargo, la OMS rebajó la alarma y decidió no declarar una emergencia internacional.
Una noticia comenzó a cambiar la percepción de los hechos. Sucedió el 25 de enero, cuando el Ministerio de Sanidad español, comunicó la existencia de dos casos sospechosos que posteriormente dieron positivos. Uno era un turista alemán ingresado leve en un hospital de La Gomera, probablemente contagiado en Alemania. Algunos medios informaron tímidamente “que los hospitales españoles se anticipan a la llegada del virus”. Añadiendo, que el Ministerio de Sanidad considera “muy bajo” el riesgo para la población y que nuestro sistema de salud está preparado para afrontar la situación”. Una leyenda del deporte, Kobe Bryant, moría en un accidente de helicóptero. Lola llamó aquella noche, para contarme que había hablado con compañeras suyas destinadas en Pekín: “Me han asegurado que el gobierno chino está implantando restricciones a los movimientos de las personas”.
Los fines de semana que tenía disponibles los dedicaba a colaborar en un huerto urbano, conocido en el barrio como "La huerta del Congosto". Allí me entretenía cuidando verduras destinadas al consumo propio y para atender alguna necesidad alimentaria de nuestros vecinos. Cultivábamos Judías verdes, cebollas, pimientos, lechugas, patatas y en verano unos pocos tomates no demasiado grandes.
Los servicios sociales del distrito, nos pidió integrar en el grupo del huerto a Higinia. Tenia cinco hijos y vivía en régimen de alejamiento de su marido, un maltratador. Higinia era una las muchas mujeres excluidas, de la periferia del sur de Madrid. Le habían desahuciado de un piso del Ensanche por impago del alquiler de una de las viviendas, que la Comunidad de Madrid vendió a los fondos buitre.. Higinia no había cumplido los 45 años, pero arrastraba toda una existencia de pobreza y sometimiento a su verdugo.
Su hijo mayor era alto y grueso, más de lo que correspondería a su edad, y seguramente tenía algún tipo de discapacidad intelectual. Le llamamos el "niño gigante". Los dos pidieron ayuda a la asamblea local de "Stop Desahucios", cuando les amenazaron con dejarles en la calle. Juan Pablo, "El niño gigante", tenia 15 años. Dejó el colegio en el primer año de instituto. Desde entonces pasaba horas en la calle, sentado en los bancos de los parques. No era amigo del ejercicio físico.
Higinia y yo, hablamos habitualmente desde que llegó a "La huerta del Congosto". Al principio, procuraba sacarme algunos euros para ir tirando. Su situación económica era límite. Llevaba 10 meses como solicitante del "Remi", una renta regional para personas sin ningún recurso, pero su caso estaba pendiente de evaluación. Según se fue integrando, nos hacía propuestas para aliviar sus dificultades. Por ejemplo, se brindaba a cuidar niños o hacer limpieza en las casas, a cambio de una ayuda económica.
En enero hizo un tiempo inusualmente bueno. Los sábados y domingos, después del trabajo comunitario en el huerto, nos sentábamos en las terrazas del barrio. Algunas mañanas nos acompañaron Higinia y "el niño gigante", que nos daban el parte semanal de desahucios en el barrio. Hablábamos de cualquier cosa. Un mediodía, hablamos de la visita del presidente encargado de Venezuela, Juan Guaidó y del encuentro en una terminal del aeropuerto de Barajas, del titular de Fomento José Luis Ábalos, con la Vicepresidenta de la República Bolivariana de Venezuela, Delcy Rodríguez. Otro día conversamos sobre la gala de los Premios Goya, que de manera premonitoria, copó la película de Almodóvar “Dolor y Gloria”. También charlamos sobre la subida a 950 euros, del Salario Mínimo Interprofesional. Vaya, que hablábamos de todo un poco incluso, del "desconfinamiento" paulatino de los presos catalanes del procés. Higinia y "el niño gigante" nos miraban con cara de interés, pero solían intervenir muy raramente en unos asuntos que les concernían poco.
En una de mis conversaciones nocturnas con Lola, hablamos de las elecciones en Irlanda. Contra todo pronóstico venció el Sinn Féin, antiguo brazo político del IRA. Una victoria sin recompensa, ya que ninguno de los dos partidos que han dominado históricamente la política irlandesa, apoyaría un gobierno con la formación de izquierdas. Lola me contó que había conocido a través de unos amigos comunes a la candidata del Sinn Féin, Mary Lou McDonald, cuando llegó a Dublín en un acto organizado por el Instituto Cervantes. Desde entonces mantenían una relación cordial y habían coincido varias veces en cenas y reuniones.
La semana siguiente quedé a comer con Nacho. Fuimos a un restaurante muy cerca de la redacción del periódico. Lo hacíamos frecuentemente, una costumbre que adquirimos cuando estudiábamos periodismo en la Complutense. No solo nos unía el periodismo o la política, ante todo somo buenos amigos. Hablamos de la polémica provocada por la retirada de importantes multinacionales del Mobile de Barcelona. Sospechábamos, que los intereses comerciales podrían estar detrás de las cancelaciones de grandes empresas.
El 12 de febrero, la organización del Mobile World Congress, decidió cancelar el evento. “Con el debido respeto a un entorno seguro y saludable como Barcelona, el novedoso coronavirus es una situación que cambia a gran velocidad”, se leía en su comunicado. Simultáneamente la OMS en una rueda de prensa aseguró, que no había motivos científicos y sanitarios para anular el encuentro. Los sindicatos como Comisiones Obreras lamentaron “la gestión alarmista” que ha cancelado el MWC. El Ministerio de Sanidad consideró “incomprensible” la anulación cuando siguen convocadas otras ferias. La titular de Trabajo, Yolanda Díaz, pidió “serenidad y tranquilidad”, porque “no existe un riesgo de salud pública en España” y pidió “sentido común” frente a las “agitaciones interesadas de los mercados”.
A juicio del Presidente de la Generalitat, Quim Torra, la cancelación del MWC se debió a “la epidemia del miedo, que la desinformación ha extendido” y añadió la música más escuchada aquellos días: “Tenemos un sistema sanitario de primer orden que se verá reforzado con una inyección de más de 900 millones de euros en el presupuesto de salud de 2020”. Se cifró en 490 millones de euros y 14.000 puestos de trabajo lo perdido por Barcelona por la cancelación de una feria donde se esperaba la presencia de 6.000 personas procedentes de China. Todo un precedente para un debate que se abrió poco tiempo después: Proteger la salud o salvar la economía. Carmen Calvo y Nadia Calviño, deslizaron que la cancelación no se debía a causas sanitarias o económicas, dejando caer otras razones no especificadas, alimentando así, una espiral de teorías conspirativas. Otros mensajes variaban según el autor, “Incidencia del independentismo”, “dañar a la alcaldía de Barcelona” “interés en causar un daño a la reputación de China en Europa”. Se habló de “bola de miedo sin fundamento”.
El 19 de febrero, 45.000 espectadores asistieron en Milán al partido de ida de la Champions League entre el Atalanta de Bérgamo y el Valencia. El 90 por ciento de ellos procedía de la ciudad lombarda más castigada por el coronavirus, y otros 2.500 aficionados valencianos. Este encuentro fue posteriormente señalado como uno de los principales focos de propagación. Se habló de "bomba biológica". Días después varios futbolistas del Valencia, miembros del cuerpo técnico y varios aficionados, dieron positivo.
Cuando llegué, el viernes por la mañana, al aeropuerto de Barajas, la normalidad era absoluta. Un trasiego habitual de pasajeros en la terminal de vuelos nacionales, despreocupados por la epidemia que ya se propagaba letal y silenciosamente por todo el país. Había quedado con Lola, para pasar juntos el fin de semana en los Carnavales de Cádiz: Nuestra fiesta. Era la cuarta o la quinta vez que nos sumergíamos en el bullicio de un Cádiz abigarrado, cruzado de chirigotas y comparsas, de vendedores callejeros de erizos de mar y camarones, de bujíos, risas y alterne. La Caleta, el barrio de La Viña, Casa Manteca, la peña flamenca de Juan Villar. Siempre nos alojábamos en el Hotel Francia y París en la Plaza de San Francisco. Un hotel antiguo, situado en un edificio de los años 40, de esos que antes se decían “señoriales”.
La noche de nuestra llegada, nos dimos una vuelta por el pregón del cantaor gaditano David Palomar y recorrimos las esquinas de La Viña, donde cuplés y coplas ponían en solfa al mundo entero. No recuerdo en las letras mención alguna al coronavirus. La verdad es que no nos entretenía esta preocupación dedicados como estábamos a amarnos, sentirnos juntos y a participar de aquella diversión colectiva, de aquella maravillosa algarabía. En el hotel nos entregamos a la pasión de quienes se aman en la distancia y vuelven a reencontrarse, con una sed impetuosa, irrefrenable.
Nadie sospechaba, aquel gaditano 20 de Febrero, que pocas semanas después “el bichito de Wuhan” se iba a convertir en el centro de nuestra existencia y para miles de personas en el final de la suya. Desayunamos en el hotel y nos preparamos para una travesía en el vapor de la bahía hasta el Puerto de Santa María, la ciudad de Alberti y de las bodegas asomadas a la ribera del río Guadalete. Era nuestra forma de hacer un paréntesis, de las aglomeraciones de Cádiz. Muchos visitantes habían pensado lo mismo y tuvimos que esperar un buen rato en la Plaza del Pescador, hasta que nos pudimos sentar a comer marisquito en El Romerijo. A Lola no le gusta el marisco, pero le encanta la mousse de higos de este legendario establecimiento. Fue el único momento en el que hablamos brevemente de la epidemia. Lola comentó la conversación que había tenido con la compañera española, que trabajaba en Pekín. “Hacen controles en las calles, tomas de temperatura en el metro…. “Wuhan continúa cerrada como en una inmensa prisión donde nadie puede salir de su celda”.
Conocí a Lola en Tele K, la televisión de Vallecas, donde los dos colaborábamos con La Tuerka, una tertulia política dirigida y presentada por Pablo Iglesias, el futuro Vicepresidente Segundo del Gobierno de España. Lola es 8 años más joven que yo, aunque nunca reparamos en eso. Mi Lola es tierna, creativa y muy vitalista....y me tiene a raya, aunque me da vidilla. Cuando empezamos a vivir juntos, cenábamos langostinos todos los viernes. Siempre respetó mis gustos.
Nos enrollamos por primera vez después de la emisión del programa. Casi siempre nos quedábamos a tomar unas cervezas todo el equipo en el Mesón Escondido, frente al pequeño estudio de Tele K. Otras veces nos íbamos todos hasta La Huelga en Lavapiés. Me enamoré de Lola al tiempo que conocí a aquellos profesores de Ciencia Política, Pablo, Íñigo y Juan Carlos. Les veo muy poco y casi siempre por motivos profesionales.
A mi vuelta de Cadiz, aparecieron los primeros síntomas de alarma. Sin embargo, el 23 de febrero, el Director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias, Fernando Simón, afirmó : “En España ni hay virus, ni se está transmitiendo la enfermedad”. Además, el encuentro de Ábalos con la vicepresidenta venezolana dominaba aún las tertulias y nutría las columnas de todos los medios. Hasta que el 24 de febrero, se informa de los primeros casos confirmados en la península. A partir de ahí, los sucesos se fueron precipitando. Se hizo público un nuevo caso positivo en Canarias. Se trataba de un turista italiano alojado en un hotel de Tenerife. El caso originó otros cinco positivos y una cuarentena que aisló a 1.000 personas durante varios días. El 26 de febrero, un hombre de 62 años residente en Sevilla, se convirtió oficialmente en el primer caso autóctono. “El virus lleva varios días circulando y no lo habíamos detectado”, explicó un Jefe de Servicio de un gran hospital”. Ese día, el Ministerio de Sanidad recomendó a los españoles no viajar a las zonas de riesgo: China, Japón, Corea, Irán, Singapur y el norte de Italia.
El primer día de Marzo, asistí a la rueda de prensa de Fernando Simón, que elevó la cifra de afectados en España a 73, de los cuales 15 se situaban en Madrid. Una iglesia evangélica en Torrejón de Ardoz, fue el principal foco de los contagios. El primer caso en América Latina fue una ciudadana ecuatoriana residente en la misma localidad madrileña, diagnosticada tras viajar a su país. Pocos días después, el Ministro de Sanidad, Salvador Illa, recomendó celebrar a puerta cerrada competiciones deportivas. Asimismo, pidió cancelar congresos y encuentros médicos. El 4 de marzo, se conoció que un hombre de 69 años había fallecido casi un mes antes en Valencia, sin que se le detectara la COVID-19 hasta una necropsia posterior. A pesar de ello, los responsables ministeriales insistían en que “no era una indicación clara de que haya aumentado el riesgo de transmisión” y señalaron que en ese momento “seguíamos en la fase de contención”. Paralelamente, el presidente de la Comunidad Valenciana, Chimo Puig, consideró que “no debe haber restricciones en las Fallas”.
Un funeral celebrado en Vitoria dos semanas antes, había sido el mayor foco de propagación hasta ese momento. Más de 60 asistentes a la ceremonia resultaron contagiados, 38 de ellos vivían en Haro y Casalarreina (La Rioja) y otras 25 en Alava. La guardia civil vigiló las dos localidades riojanas para que los afectados guardaran el confinamiento. El Hospital de Txagorritxu en Vitoria se convirtió en otro de los principales transmisores de contagio.
El jueves de aquella semana acudí al estreno en el Español de “El Diálogo del Amargo”, de García Lorca. Lleno casi completo aunque pesaba en el ambiente una vaga preocupación. Nunca imaginé que iba a ser uno de los últimos estrenos teatrales en Madrid, durante mucho tiempo. La misma sensación flotaba a la salida del teatro. Cené con unos compañeros en un restaurante cercano a la Plaza de Santa Ana. Hablamos de la posibilidad de que se restringiera temporalmente las funciones de teatro, los cines y otros eventos públicos.
El escenario empeoró el 7 de marzo, con 1.200 casos confirmados, el doble que el día anterior. La Comunidad de Madrid con 469 casos y el País Vasco con 149, eran las autonomías más afectadas. El Ministerio de Sanidad no tuvo más remedio que asumir la realidad: “hay algún tipo de transmisión comunitaria en España”. A pesar de eso, se celebró un acto de VOX con 9.000 asistentes en la plaza de toros de Vista Alegre en Madrid y durante el fin de semana se disputaron todos los encuentros de liga, entre ellos uno en el estadio Wanda Metropolitano con una asistencia de 65.000 espectadores. Se calcula que unas 500.000 personas asistieron a espectáculos deportivos multitudinarios durante ese fin de semana.
Día de la Mujer. 8 de marzo. 150.000 personas asisten a la manifestación en Madrid. Todos los grandes partidos españoles se unen a la marcha, salvo VOX. Los días posteriores el debate sobre esta convocatoria giró entorno a las protestas contra el séquito de Ciudadanos, que obligaron a sus dirigentes a abandonar el desfile y el enfrentamiento entre distintas facciones del Movimiento Feminista. Aquella mañana, se habían celebrado centenares de misas en todos los templos católicos del país. Un día después se hace público el “aplazamiento de las Fallas” y a la mañana siguiente VOX confirmó que su Secretario General, Javier Ortega Smith, había dado positivo. Las cadenas de televisión mostraron las imágenes del acto de Vista Alegre, en las que se le veía tosiendo junto a Santiago Abascal con un pañuelo en la mano. Al mediodía las autoridades sanitarias recomendaron el teletrabajo, para los trabajadores que puedan hacerlo desde su casa.
El 11 de Marzo, 3.000 aficionados rojiblancos viajan a Inglaterra, para asistir al encuentro de octavos de final de la Champions League, entre el Liverpool y el Atlético de Madrid, que deparó una inesperada victoria atlética en la prórroga. Posteriormente este partido fue investigado por las autoridades británicas, como una de las causas de la propagación de la infección en las Islas.
El virus atacó a la política y a sus dirigentes. El 12 de marzo, Santiago Abascal y la ministra de igualdad, Irene Montero, dan positivo. Los dos y el Vicepresidente Segundo, Pablo Iglesias, por ser pareja de la ministra infectada, se ven obligados a guardar la cuarentena. Más adelante dieron positivo otros políticos importantes como Isabel Díaz Ayuso, Quim Torra, Pere Aragonés, Esperanza Aguirre, Ana Pastor, Carolina Darías Y Begoña Gómez, la esposa del presidente del gobierno. Hay quien sospechaba que algunos políticos, se aprovecharon de su condición para hacerse unas pruebas, no accesibles para el resto de la población.
El mismo día la Junta de Andalucía rectifica y pide al gobierno que suspenda la Semana Santa. A pesar del rápido avance de la pandemia, el 13 de marzo, los operarios continúan trabajando a toda prisa para tener listas las sillas y los palcos de las procesiones. Poco antes el alcalde de Sevilla, Juan Espadas, declaró: “Solo una llamada de la OMS impedirá la celebración de la Semana Santa”. Al mismo tiempo, se ordena el confinamiento en la ciudad de Igualada.
El Gobierno de la Nación, se rinde a la evidencia y el 14 de marzo declara el Estado de Alarma, que confinará en sus casas a millones de personas en los próximos dos meses. A partir de entonces, solo podrán salir a trabajar en determinados supuestos y para comprar productos básicos. En las fechas anteriores, algunas comunidades autónomas habían decretado algún tipo de restricción en los centros educativos, las residencias y actos con público.
El primer día de confinamiento parcial, España amanece en la incertidumbre y con alguna aglomeración en el metro de Barcelona y en la estación de Atocha en Madrid. Aquel día, convocado por las redes sociales, se dieron los primeros aplausos al personal sanitario. Desde entonces millones de personas salieron a sus balcones puntualmente a las 8 de la tarde, en un gesto de reconocimiento a su trabajo. En tan solo una semana habíamos pasado de aplaudir los futbolistas de nuestros equipos a aplaudir a nuestros sanitarios. Todo un síntoma de los nuevos tiempos que nos tocaría vivir.
Como si hubiese calculado el momento, diferentes medios, entre ellos el mío, se hacían eco otro escándalo que afectaba de lleno a la Casa Real. Lo destapó The Telegraph: El rey emérito Juan Carlos, controlaba a través de una fundación, un cuenta en Suiza en la que Felipe VI figuró como segundo beneficiario hasta marzo de 2019. La pasta tenía su origen en los 65 millones de dólares, donados pro el el Rey de Arabia Saudita al ex monarca español. Como reacción, se convocó una cacerolada contra la monarquía, coincidiendo con la retransmisión por televisión de un frío discurso del Rey, con especial seguimiento en Cataluña, País Vasco y los barrios populares de Madrid.
El 26 de marzo, el Congreso de los Diputados convalidó por una amplia mayoría la prórroga del Estado de Alarma. Se abstuvieron todos los grupos nacionalistas. Ese día los fallecidos en Madrid, principal foco del coronavirus, ascendían a 2.190, de ellos 1.101 murieron en residencias de ancianos. Las restricciones se ampliaron el 30 de marzo, cuando entró en vigor la hibernación de la actividad productiva decretada por el Gobierno, A partir de esa fecha, sólo podían funcionar las actividades económicas esenciales.
Al otro lado del Atlántico, la actitud mantenida por el presidente de los Estados Unidos durante el inicio de la crisis, parecía guiada por la ignorancia, la soberbia y más tarde por la incredulidad por la evolución de los acontecimientos. A finales de Enero, Donald Trump, se despachó de la siguiente forma: “El riesgo para la población estadounidense es muy bajo. "Cuando tienes solo 15 personas ...En un par de días van a bajar acercándose a cero”. Marzo: “Normalmente se irá en Abril con el calor”. A finales del mismo mes: “Estamos desarrollando rápidamente una vacuna” y “Abriremos muy pronto el país, en Semana Santa”. Apenas cinco días después de estas declaraciones, el mismo se corregía: “ En Junio estaremos ya en el camino de la recuperación”, después de ampliar la recomendación de quedarse en casa hasta el mes de Abril y de ufanarse que pronto la industria norteamericana podría abastecer de respiradores a Francia, Italia y España, y por descontado, atender las necesidades de su país.
En realidad el Presidente de Estados Unidos, fue un ejemplo de la estupefacción con que buena parte de la opinión pública occidental se enfrentó al coronavirus, resultado de la sensación de inmunidad ante epidemias que se consideraban propias de países poco desarrollados. La creencia de formar parte de una civilización superior y, en definitiva, que la riqueza económica todo lo puede.
¿Y Boris Johnson? ¿Qué decía el abanderado del Brexit? Siempre fue partidario de salvaguardar la economía, aceptando incluso los daños de la pandemia. Pensaba que los daños serían menores y no suficientemente graves. Muchos científicos habían divulgado estas tesis, que diagnosticaba que el coronavirus afecta básicamente a las personas mayores y en menor medida a aquellos individuos encargados de mantener a flote el sistema productivo. Esta visión del problema, se sostenía sobre la hipótesis de que una vez contagiada la mayor parte de la población de forma leve, estas quedarían inmunizadas. En definitiva, para ellos era mejor asumir cierto riesgo para la salud, que paralizar la economía de los países. Lo cierto es que esta crisis, casi supone el final de la vida del primer ministro británico, que tuvo que ser atendido en la UCI de un hospital londinense.
¿Y la Unión Europea? En un primer momento desaparecida en combate. Cuando quiso reaccionar, estaba ante una crisis aún mayor que la de 2008, hasta el punto, que supuso su hecatombe. Cuando los países del sur, los más afectados por las consecuencias económicas de la obligada parálisis de la economía, reclamaron mutualizar el riesgo con los llamados eurobonos, los Países Bajos, Alemania, Austria y Finlandia se opusieron con firmeza, de tal manera, que se acudió a un rescate que suponía importantes sacrificios añadidos para la población de España, Italia, incluso de Francia. Europa se había escindido en dos y en una de las partes, vivían los apestados. Un profesor italiano publicaba un artículo en “La República” con un titular suficientemente elocuente: “Italia se aleja del sueño europeo”. Ya se temía, que la receta de Europa para el Sur iba a ser la misma que había acelerado el contagio masivo: los recortes en el sector público y el empobrecimiento de la población. Se pretendía combatir la COVID-19, con las mismas políticas que habían facilitado su transmisión.
La extrema derecha creyó que había llegado por fin su momento. El líder de la Liga, Matteo Salvini, afirmó: “el gobierno italiano es incapaz de gestionar la crisis”, y como buen milanés pidió que las restricciones se ampliaran a toda Italia. Ese mismo mes, denunció que China había cometido graves delitos contra la humanidad por haber ocultado el coranavirus. Y apeló a un clásico del neofascismo, culpando de la pandemia a la entrada de inmigrantes llegados de África, a pesar de que el número de casos en los países africanos era muy inferior al de Europa.
En España, la ex dirigente del PSOE y de UPyD, Rosa Díez, salió del "tanatorio" político, para pedir la constitución de gobierno de salvación nacional entre durísimas críticas al gobierno. Muy pronto la secundó Santiago Abascal, que el 30 de marzo, pidió la dimisión de Pedro Sánchez y la formación de un gobierno de emergencia nacional de PSOE, PP y VOX, además, propuso la disolución de los parlamentos autonómicos y dedicar el sueldo de los diputados a sanidad. Lo cierto, es que ni siquiera fueron capaces de renunciar a las dietas.
Algo más comedido estuvo inicialmente el Presidente del PP, Pablo Casado, que jamás hasta que el Gobierno decretó el Estado de Alarma, reclamó restricciones y medidas de confinamiento. De hecho, varias dirigentes de su partido asistieron a la manifestación del 8 de marzo. Pero muy pronto interpretó, que la crisis por la pandemia se podía convertir en un arma de desgaste del Gobierno “socialista y comunista”. Postura muy alejada del líder de la oposición conservadora de Portugal, que se puso incondicionalmente a disposición de su gobierno. “Apoyamos al gobierno en la Lucha contra el coronavirus, pero no le apoyamos cuando nos lleva a la ruina económica”, repetía diariamente. La dirigente popular que adoptó una línea más crítica, fue la presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso, que endosó la responsabilidad al gobierno por autorizar la marcha del 8-M y evadió las suyas, pues tenía las competencias en materia de sanidad y residencias de mayores.
En esta etapa de la crisis, trataba de habituarme a la situación de un confinamiento, que ya tenía todas las bazas de alargarse. Establecí horarios de trabajo, otros reservados al ejercicio a primera hora de la mañana y hasta decidí, que todas las tardes a las 7 me tomaría una cerveza. Así hasta la videollamada de Lola por la noche. Todos los días me tomaba dos descafeinados también en horario previamente fijado, las 12 y las 5 de la tarde, siempre acompañados de fruta. A las 8 el aplauso en los balcones a los sanitarios. Así un día tras otro. Una rutina tras otra. Por primera vez en muchos años, percibí desde mi balcón como los árboles se iban llenando de hojas, según avanzaba la primavera. Echaba de menos, como aficionado al fútbol, el tránsito emocional de los fines de semana por lo vaivenes anímicos, que me producían los resultados del Aleti y del Rayo.
Llegó el 1 de abril, tres meses después de la parición en Wuhan del nuevo virus, con esta fotografía de la pandemia en el mundo: 782.365 casos confirmados y 37.582 muertos. En España los datos comparativamente eran muchos peores: 102.166 casos confirmados y 9.053 fallecidos. 6.092 estaban ingresadas en la UCI. España era ya el tercer país en número de contagiados, tras EE.UU e Italia. Sólo el estado de Nueva York tenía 83.000 positivos. Sin embargo nuestro país, se situaba ya en segunda posición de letalidad después de Italia. En China, se habían detenido los casos autóctonos y los pocos positivos nuevos eran importados.
Ya se hacían previsiones de la evolución de la pandemia. Los muertos en España alcanzarían la cifra de entre 20.000 muertos y 25.000 muertos en dos semanas. Según la OMS, de cada 100 infectados, 20 desarrollaría complicaciones como la neumonía y 5 requerirán ingresar en una UCI. En España hubo momentos que fueron 10 enfermos por cada 100 contagiados los necesitados de cuidados intensivos, probablemente debido al envejecimiento de la población.
Madrid se había convertido en muy poco tiempo, en la capital mundial del coronavirus. Un destino muy diferente, al que habían previsto las autoridades municipales del Partido Popular, con Ana Botella a la cabeza, que compitieron infructuosamente con Tokyo para que Madrid fuese la sede olímpica en este fatídico 2020. A finales de marzo, los afectados se contaban por millares en la Región: 27.509 positivos y 3.603 muertos. Cuando la Comunidad de Madrid decidió hacer públicos los datos de los muertos en las residencias de ancianos, fueron escalofriantes: 4.750 fallecidos, muchos de ellos en la soledad de sus habitaciones y sin que nadie pudiera ayudarles.
El grupo del huerto nos comunicábamos por wathsapp. Un día Emilio, uno de los compañeros de Stop Desahucios, nos dijo que Higinia, afectada por neumonía, había sido trasladada al Hospital Infanta Leonor, donde cientos de personas se amontonaban en los pasillos de urgencias. Nuestra vecina, estaba pendiente del resultado de las pruebas. Sus cinco hijos con el "niño gigante" al frente, fueron trasladados a un hotel habilitado para personas sin hogar.
Estamos ante una novela de anticipación retro-futurista. Con mucha carga de humor y un poso ácido; como debe ser. Paco Pérez va directo hacia su segundo libro: "El día que nos invadió Portugal". Menos mal que nos queda Portugal, dijeron unos gallegos siniestros. Querido Paco, las fronteras literarias son para romperlas. Enhorabuena.
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