Capítulo II. El virus se defiende


Cuando vuelvo la vista atrás, me parece que estos últimos siete meses han sido como una vida entera proyectada a cámara rápida. En abril, el número de muertos diarios descendió lentamente y se incrementó el número de parados. La evolución de la pandemia invitaba a un moderado optimismo. La crisis empezaba a controlarse. 

En circunstancias normales, el descenso de las infecciones se aceleraría con la llegada del calor y la aplicación con relativo éxito de fármacos como la Hidroxicloroquina y el Remdisivir. Tras el 9 de mayo, la actividad económica volvería a reanudarse progresivamente, iniciándose una nueva fase de convivencia con el virus. Esto permitiría atravesar el verano con mascarillas y guantes, reservándose a la población de riesgo los confinamientos preventivos. Se impondría la idea de crear un ingreso mínimo y de impulsar un servicio estatal de emergencias. Partidos, patronal y sindicatos, junto con el Gobierno, las Comunidades autónomas y los Ayuntamientos, alcanzarían un “Acuerdo de Reconstrucción” del país. Más adelante, se aliviarían las tensiones territoriales con nuevos estatutos en Cataluña y el País vasco, que pasarían a llamarse “Estatutos Nacionales de Autonomía”. 

Con el regreso de la actividad, se experimentaría un crecimiento económico sostenido, favorecido por un consumo compulsivo de los supervivientes. La Unión Europea, presionada por los países del Sur y Francia, reeditaría un Plan Marshall y sobreviviría como entidad política. La mala lectura de la crisis de la oposición, facilitaría que el gobierno capitalizase la superación de la crisis. Pedro Sánchez decidiría el momento de reforzar su menguada mayoría parlamentaria y la convocatoria nuevas elecciones. En ellas el pueblo español castigaría la deslealtad de la oposición, obteniendo los partidos que habían apoyado al gobierno una cómoda mayoría absoluta. Incluso la monarquía podría haber sobrevivido cinco años más, hasta que saltase un escándalo de infidelidad conyugal o se destapasen nuevos cobros de comisiones ilegales. Solo era cuestión de tiempo. 

Pero el destino es imprevisible y reserva acontecimientos insospechados que penden de un hilo muy delgado. Lo que aquí se relata son unos hechos que cambiaron lo previsto por la historia.

La mañana del 3 de abril, leía los periódicos digitales en mi casa. Las medidas previstas en el Estado de Alarma se prolongarían, al menos, hasta el 9 de mayo. El Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, propuso unos nuevos Pactos de la Moncloa y los empresarios adoptaron, por lo general, un perfil más crítico según se iba resintiendo la economía del país. Antes de entrar en directo en Al Rojo Vivo, me dirigí a la Asociación Kontracorriente, uno de los colectivos de Vallecas, donde colaboraba como voluntario. "La Despensa Solidaria" fue una iniciativa para llevar la compra y fármacos a los ancianos, y distribuir comidas entre la población vulnerable. Los aficionados del Rayo Vallecano y las asociaciones de vecinos, tejieron una red de apoyo mutuo. Se dedicaban a satisfacer las necesidades de alimentación de 5.000 familias y paliar las necesidades de material de protección, del personal sanitario del Hospital Infanta Leonor. 

Saludé a Perico cuando llegué al local y a mí viejo amigo, Carrión, un veterano activista del barrio de Santa Eugenia. Hablamos de la decisión del  gobierno regional de enviar todos los residuos sanitarios del coronavirus a Valdemingómez y de los posibles riesgos para el vecindario por esta medida. La planta municipal de tratamiento de residuos dista 3 kilómetros de nuestras viviendas. Carrión sacó una hoja de papel de sus bolsillos, donde tenía escrito uno de sus legendarios ripios.  Aún lo conservo:

“Del Ensanche a Santa Eugenia
pasando por la inmortal Villa
se propaga la pandemia
casa a casa, milla a milla.

Marchitando mi gardenia
asoma por la ventanilla
te lo digo con la venia
ponte la mascarilla 

Fdo. Carrión Chaves Palomo
Vecino de Santa Eugenia

Como siempre le felicité con una palabra que le contentó: "Certero". Nos preocupaba la falta de coordinación y el desbordamiento de los servicios sociales. Esto empujó a las redes de apoyo mutuo a sustituir lo que era competencia de las administraciones. En Villa de Vallecas se impulsó una campaña de donaciones, para distribuir bonos destinados a la adquisición de productos básicos. En esta iniciativa colaboró el mercado del distrito y el pequeño comercio. Fue una de las muchas iniciativas que surgieron por toda España. Estábamos enfrascados en la organización de las tareas, cuando llegó el "niño gigante", venía andando varios kilómetros desde el hotel donde estaba alojado con sus hermanos. "Mi madre murió el miércoles pasado" nos dijo mientras se le saltaban las lágrimas. "Solo me dejaron a mi ir al entierro. La trabajadora social me ha dicho, que de momento podemos quedarnos en el hotel". Entre todos los que estábamos allí reunimos 200 euros y se los dimos. Los cogió y nos preguntó si podía ayudar en algo.   

Esperé el momento de la conexión con La Sexta, mientras pensaba en Higinia, Juan Pablo y sus hermanos, en los efectos de la epidemia,  en las personas marginadas, en los que nunca son invitados a la fiesta, en los que no tenían un techo donde guarecerse, en los que soportaban alquileres desorbitados, en los que sobrevivían gracias a un trabajo irregular, en los que nos podían acceder al sistema sanitario, en os que engrosaban las filas del paro y de los ERTEs. Cientos de miles de personas condenadas a vivir en la precariedad absoluta.

Me entrevistó Antonio García Ferreras, por un artículo que publiqué el día anterior, denunciando que España llevaba décadas ignorando políticas de prevención de salud públicas necesarias para emergencias como un coronavirus. En síntesis exponía que todo el sistema nacional de salud dedicó a estas políticas 763 millones de euros, de un total de 68.400 millones presupuestados en salud. De 2007 a 2017 las comunidades autónomas redujeron el gasto por este concepto, en 60 millones de euros. Las principales administraciones autonómicas españolas como Andalucía, Madrid o Cataluña, apenas destinaban entre un 0,3 y un 0,5 por ciento del presupuesto sanitario, a prevención de enfermedades y la promoción de hábitos saludables. Una muestra más de los recortes sanitarios, fue el cierre del Instituto Madrileño de Salud Pública, que impuso Esperanza Aguirre en 2008. 

Cuando acabó la conexión, me dirigí a distribuir alimentos de La Despensa Solidaria en La Cañada, uno de los núcleos con mayor miseria extrema de la ciudad. Lo hacía un día por semana. Encontré el dramático panorama de aquellos días. Cientos de niños vagaban por las calles sin control a pesar del confinamiento, como constatación de que hay lugares a 10 kilómetros de la Puerta del Sol, donde no llega el Estado. Unos pocas ONGs como Cáritas, Cruz Roja y el Secretariado General Gitano, se ocupaban de organizar medianamente un poblado de chabolas y edificaciones medio destruidas, en medio de calles encharcadas y sin asfaltar. Así un día tras otro, en lo que Agustín, el cura del poblado,  denomina “el vertedero del residuo social de Madrid”. El sector 6 de La Cañada perteneciente al distrito de Villa de Vallecas, ofrecía un panorama desolador que se había agudizado hasta extremos insoportables. 

La atención de aquella población indefensa, se dirigía desde una antigua fábrica de muebles. Conocía muy bien el poblado. Anteriormente escribí un par de reportajes,  sobre el menudeo de la droga. Decidimos distribuir una bolsa diaria por persona,  con las 3 comidas de la jornada. A mi me correspondió entregar 50 bolsas. Queríamos evitar la alimentación a base de comida basura, proporcionada por el Gobierno Regional. Dentro de aquellas casas miserables, muchos vecinos estaban tumbados en camastros con síntomas de la enfermedad  y a otros los trasladaron al Hospital Infanta Leonor. Agustín pedía ayuda a las autoridades para meter a la gente en sus viviendas y que no se propagase el virus. Antes de regresar, pasé un momento a saludarle en su iglesia de Santo Domingo de la Calzada. 

En mi caso estaba adaptado al confinamiento, que solo abandonaba temporalmente para el trabajo voluntario y para comprar comida en un supermercado próximo a mi domicilio. Lola me transmitía que la situación política de Irlanda,  se complicaba por la falta de acuerdos entre los partidos. En su opinión,  la situación sanitaria era distinta a la de España, con un número de contagiados relativamente bajo. Sin embargo, tomaron medidas de confinamiento con rapidez. Hasta el primer ministro en funciones, médico de profesión, descolgó la bata para colaborar en un hospital. La mejor banda de rock del sur de Dublín, U2, donó 10 millones de euros para la adquisición de material sanitario. Le noté seriamente preocupada por las noticias que llegaban de España y también por el futuro de su empresa. La mayor parte de sus tiendas por todo el mundo estaban cerradas, al igual que el mercado inernacional de materias primas. Nos era imposible viajar a ninguno de los dos y la echaba mucho de menos. 

En aquellos días, un concejal de Más Madrid, publicó un artículo de opinión en el El Diario.es. Denunciaba, que en cuatro distritos del sureste de Madrid, se concentraba el mayor número de contagios por 100.000 habitantes. En total 800, 200 más que la media de la ciudad, una cifra equiparable a Bérgamo. Llamaba la atención, que el distrito más afectado en relación con su población era el de Moratalaz, un barrio de clases medias limítrofe con Vallecas.

El autor reclamaba investigar cuatro características comunes de estos distritos. Una que el Hospital de referencia de la zona, el Infanta Leonor, había sido uno de los primeros centros hospitalarios en dedicarse casi exclusivamente a tratar a pacientes del coranavirus. Otra, que la A-III, que cruzaba los cuatro distritos mencionados, era la autovía por donde se transportaban todos los residuos de la COVID-19 hasta Valdemingómez. Mencionaba, como otra posible causa , las líneas de autobuses que interconectaban los cuatro distritos. Por último, aludía a que estos 4 distritos eran los que formaban el “Lote 5” de los contrato de limpieza y mantenimiento de las zonas verdes de la ciudad, de tal forma que este servicio esencial estaba siendo atendido por la misma empresa, los mismos procedimientos y similares recursos humanos y materiales. Me pareció muy interesante y me propuse indagar el origen de la enorme diferencia de contagiados entre el sureste y el resto del municipio. 

Empecé a buscar información de las condiciones sanitarias,  medioambientales y los flujos de movilidad en el Sureste de Madrid. Es decir, de todas las vías de contagio. El artículo parecía inspirado en una tesis, sobre la que había un cierto consenso en los expertos de todas las latitudes: que el éxito contra la pandemia se basaría en la capacidad de rastrear los contactos de las personas que han enfermado. 

Mientras tanto,  la ciudad donde había aparecido el virus, Wuhan, daba fin al confinamiento el 8 de abril, 11 semanas después de que el gobierno chino decretase su confinamiento. El día 13, tres millones de trabajadores españoles regresaban a sus puestos de trabajo, tras enviarles a sus casas con 15 días de vacaciones, recuperables en el transcurso del resto del año. Obreros de la construcción, operarios de la industria, autónomos y empleados de hogar. Una parte de los poderes económicos se quejó del frenazo de actividad económica y presionaban con fuerza para que los trabajadores volvieran a sus trabajos. El Gobierno hizo recomendaciones de buenas prácticas, uso de mascarillas, distanciamiento físico, lavado de la ropa, pero permitió el uso de transportes colectivos en las grandes ciudades, con lo que la reducción de contagios se fue frenando en Madrid y Barcelona. Mi sensación después de esta decisión es que unos procuraban hacer cosas por el interés general pero  lo hacían mal, y otros actuaban por interés propio y lo hacía bien. 

Desde el comienzo de mis trabajos sobre el coronavirus, contacté regularmente con Mike Ryan, Director de Emergencias de la OMS, al que conocí en mi etapa de Médicos sin Fronteras. También estaba inquieto por la situación en nuestro nuestro país, agravada por el abandono de políticas sanitarias imprescindibles para enfrentarse a las pandemias. “Leo, no bastan con las medidas de confinamiento, España padece una dejación crónica de los servicios de salud pública y necesita redoblar sus esfuerzos de vigilancia y seguimiento del aislamiento en la cuarentena o el control de las personas enfermas o con síntomas”. Concluyó este médico irlandés de larga trayectoria en la OMS y en la lucha contra las epidemias.

Mi periódico es muy crítico con los recortes de los servicios públicos y publicábamos artículos sobre sus consecuencias en esta emergencia sanitaria. España ocupaba en 2019 la posición número 12 de la Unión Europea por gasto en sanidad del PIB. 8,9% en España , por 11,3% de Francia o el 11,2% de Alemania. En cuanto a camas por habitante es el cuarto país por la cola. Tres por cada mil habitantes, cuando la media europea de 5 por mil habitantes. Desde 2007, nuestro país había perdido 8.400 camas hospitalarias, según la oficina europea de estadística (Eurostat). 

Lola colaboraba conmigo y rastreaba en la Red, datos para mis artículos. Me mandaba correos con lo que iba encontrando, por ejemplo, las cifras comparativas de las UCI en Europa y las comunidades autónomas. En 2019 disponíamos de 4.400 camas de UCI, 3508 públicas y el resto privadas. Las camas de UCI en España son de 297 por cada 100.000 habitantes, cuando la media de la UE es de 504, en Alemania 800 y en Francia 598. Las desigualdades eran patentes entre las Comunidades Autónomas. El País Vasco contaba con 330 camas de UCI y 502 médicos por cada 100.000 habitantes, Madrid 277 camas y 463 médicos, Andalucía 217 camas y 305 médicos. Así, las UCI madrileñas ya estaban al borde del colapso, con 1.502 camas ocupadas de un total de 1.761. 

En una ocasión, me proporcionó información del resultado de los recortes sanitarios en la Comunidad de Madrid, donde las plantillas del sector sanitario se redujeron en 6.000 trabajadores durante los últimos 10 años. El número de facultativos incluyendo los farmacéuticos había bajado ligeramente, aunque la población creció en el mismo periodo en 300.000 nuevos habitantes. 

Otro artículo publicado por El Diario.es, denunciaba el caos de los hospitales madrileños. Los profesionales de 76 hospitales, coordinaban su trabajo a través de un grupo de wathsapp llamado Matrix, por la incompetencia de los responsables de la sanidad madrileña. Ellos mismos tenían que encontrar las plazas de UCI que iban quedando vacantes y disponer el traslados de pacientes de un hospital a otro. Los datos actualizados del Gobierno Regional hablaban de 250 camas libres en las UCI. Pero ningún profesional sanitario sabía del paradero de las mismas. 

Los contagios y los fallecimientos se estaba conteniendo, pero a un ritmo insuficiente. La saturación de los servicios asistenciales afectaban también a los pacientes con otras patologías graves, que no podían ser atendidos. Los hospitales de campaña construidos en tiempo récord, restaron tensión a los centros hospitalarios. Los palacios de hielo disponibles en Madrid, se habilitaron como morgues. Durante un periodo excesivamente prolongado se mantuvo estable una cifra alta de fallecimientos diarios. La mitad de los trabajadores sanitarios estaban infectados y la mayor parte de ellos tenían que guardar cuarentena. Un porcentaje alto de los empleados de mantenimiento de los hospitales estaba, igualmente de baja. 

Otro problema se fue agravando: La falta de suministros de protección y respiradores y equipos de protección individual del personal sanitario. Durante un tiempo creyeron, que China era una especie de bazar, una tabla de salvación donde estaban esperando con las estanterías repletas a todos los compradores públicos y privados de material sanitario. Lo cierto es que la capacidad industrial de China era limitada, aún más, en un periodo de importantes restricciones. Obtener respiradores y equipos de protección para los trabajadores se hizo cada vez más difícil y más caro. Un set de camas para UCIs costaba ya 653.000 euros. Por 5 respiradores con sus correspondientes carros se pagaban 259.000 euros. En muchas ocasiones el equipo vendido había que devolverlo por defectuoso o era entregado con mucho retraso. Para conseguir proveerse, las comunidades autónomas y el propio gobierno central competían vagando por los núcleos industriales chinos, como un consumidor de heroína por las inmediaciones de La Cañada. 

Todos los fabricantes tenían la agenda de pedidos completa y la capacidad de la industria europea y norteamericana era muy insuficiente. Se cifraban en 150.000 el número de respiradores que serían necesarios a ambos lados del Atlántico. Aparecían noticias esperanzadoras como las de una fábrica italiana de respiradores que había pasado de fabricar 125 respiradores en un mes a 500, un avance notable pero muy distante de lo que la expansión de pandemia requería. 

Los países estaban seriamente preocupados por el acceso a las cadenas de suministro médico. El coronavirus había derretido en muy pocos días la globalización. Los estados cerraron las fronteras a la exportación de material sanitario y en algunos casos los gobiernos confiscaron pedidos destinados a otros países. Por primera vez, desde la segunda guerra mundial se perdió la confianza en la capacidad de la ciencia para vencer las infecciones y el contagio. 

La crisis alcanzaba todos los estamentos de la sociedad española y los medios de comunicación no podían ser menos. Nacho estuvo en todo momento al frente del periódico, a pesar de que en marzo pasó días con síntomas de contagio, con fiebre y molestias al respirar. Le llamé para interesarme por su estado y me dijo: “estoy mejor que el periódico, los ingresos publicitarios esta cayendo vertiginosamente. Hay que hacer algo urgentemente".

Días después, todos los trabajadores del periódico recibimos una comunicación de la empresa en la que se nos explicaba la situación económica y nos pedían ideas para hacerla frente. En 2018 El Diario.es obtuvo unos ingresos de 6,4 millones de ingresos. Según las primeras estimaciones, la crisis podría reducir la facturación a la cuarta parte. Casi todos los medios se habían acogido a expediente de regulación de empleo. 

Era el escenario más difícil que había tenido que afrontar El Diario.es, desde su fundación en Septiembre de 2012. Con rapidez se dibujó una estrategia de salvación, que se comunicaría a los lectores. “Vamos a poner en marcha un plan de emergencia para garantizar la supervivencia de nuestro periódico” se leía en la carta abierta del director. 

Destaco alguno de los párrafos que seguían a continuación. “Queremos repartir los esfuerzos de la manera más equitativa posible y evitar los despidos mientras tengamos otra opción no queremos recurrir tampoco a un ERTE, como están haciendo otras empresas, porque nuestro trabajo es hoy más necesario que nunca” “necesitamos nuestro equipo para poder mantener nuestro periódico a pesar de todo”. “De manera inmediata, hemos decidido recortar los salarios más altos de la redacción entre un 10% y un 30%. “No descarto que tengamos que asumir recortes aún mayores. Pero nuestra prioridad es evitar que las personas con los sueldos más bajos de la redacción se vean afectados por la situación”. 

También pidió ayuda a los lectores, anunciando un aumento de la cuota habitual, “porque detrás de El Diario.es no hay ningún banco, ninguna gran fortuna, ningún partido político, ningún gran grupo de comunicación. Necesitamos vuestra ayuda, porque no tenemos a nadie más recurrir”. Este párrafo hacía mención a la independencia económica de El Diario, que consiguió el capital necesario para arrancar con las aportaciones de los profesionales fundadores y de sus familias. Yo mismo y Lola aportamos 20.000 euros de nuestros ahorros. La relación de socios se hizo pública, como cuando la Fundación OSF ligada al magnate americano George Soros hizo una donación al periódico de 100.000 euros. En pocos días de campaña se dieron de alta 10.000 nuevos socios. 

El 14 de abril, casi noventa años después de la proclamación de la II República, la imagen de la Puerta del Sol desierta distaba mucho de la alegría popular de 1931. Eso sí, el Rey se mantenía confinado como el resto de los españoles. Ya éramos el país del mundo con mayor número de muertos por coronavirus, por cada millón de habitantes. El mes anterior, había sido el mes de marzo con más fallecimientos desde 1975. Tres millones y medio de trabajadores estaban afectados por un ERTE. Se hablaba abiertamente, de sacar a Unidas Podemos del gobierno. En esas semanas aparecieron las primeras presiones de vecinos a sanitarios, cajeras o simplemente contagiados, para que se mudaran de casa. 

Los periódicos españoles publicaron una carta de políticos y activistas europeos. El artículo afirmaba que la COVID-19 no hará que el cambio climático y la degradación de la naturaleza desaparezcan. "Ganaremos las dos batallas, la ecológica y la emprendida contra el virus, a la vez". Abogaban por una salida “verde” de la crisis. Sin embargo las predicciones del FMI no podían ser más funestas para España, un retroceso de la economía superior al 8% y una tasa de paro superior al 21% en 2020. 

A finales del mes de abril, aquellos países europeos que habían decidido en el inicio de la crisis, postergar las medidas de confinamiento con el objetivo de salvar la economía, experimentaron un crecimiento de infecciones similares a los de Italia y España en el mes de marzo. Especialmente grave fue la expansión de la COVID-19 en los Estados Unidos, afectando principalmente a la población afroamericana. También Mexico, Brasil y Perú padecían un rápido crecimiento del contagio. Muy pronto los norteamericanos comprobaron en su salud las consecuencias de la fragilidad de su sistema sanitario y de la irresponsabilidad de su gobierno. Los contagiados en los suburbios de Nueva York y otras grandes ciudades americanas, se contaban por centenares de miles, suponían más de la mitad de la población mundial afectada por el coronavirus. Las cifras de muertos se elevaron a 50.000 y los parados a 22 millones . 

Aquella tarde lluviosa, cuando  la imagen de Lola en pantalla apareció en  mi ordenador, supe enseguida que algo grave estaba pasando. Le habían llamado de la residencia donde su madre estaba internada durante los últimos 6 años. Padecía Alzheimer desde poco después de enviudar. Antes de que Lola se trasladara a Irlanda, la visitábamos casi todos los fines de semana. Ahora lo hacía yo solo más esporádicamente. Pude conocer aún lúcida a esta mujer,  que emigró desde su pueblo en La Mancha con el desarrollo industrial de Madrid. Crió a tres hijos varones y a Lola, que crecieron entre los bloques de viviendas del barrio de Moratalaz. Lola era la más pequeña de los hermanos, 15 años menor que Nico, un ingeniero de telecomunicaciones, que llevaba dos meses en paro. Tanto Josefa como su marido Luis, metalúrgico, algo mayor que ella, transpiraban la honestidad y la dignidad de aquella generación marcada por el trabajo y el esfuerzo. Abandonaron su tierra para cumplir un sueño: Sus hijos viviesen una vida mejor que la suya. Josefa y Luis lo consiguieron y los cuatro hermanos se licenciaron en la Universidad.

Una trabajadora social del centro, informó que Josefa tuvo fiebre y que la subieron a la planta de sospechosos de contagio. La situación en las residencias de mayores era horrible. A mediados de abril en la Comunidad de Madrid, 4.750 personas fallecieron en las residencias de mayores. Las plantillas que atendían a los ancianos, menguadas por los recortes, estaba diezmada y exhausta. Cuidaban a los residentes sin los mínimos de equipos de protección individual. Siguiendo los términos bélicos tan en boga, la pandemia sorprendió a las residencias de ancianos totalmente desarmadas. 

La última vez que visité a Josefa fue el primer domingo de marzo. Luego se prohibieron las visitas. Lola dio a los responsables del Centro mi número de teléfono, para que me comunicasen cualquier novedad. A ella le era imposible regresar a España por el cierre de fronteras y la supresión de vuelos entre Irlanda y España. Me pidió que siguiera la evolución de la salud de su madre. Se me vinieron a la cabeza las imágenes de televisión frente a las residencias, las declaraciones de enfermeros y familiares denunciando la soledad en la que morían, la impotencia ante la falta de medios, los ataúdes alineados en las morgue improvisada en el Palacio del Hielo. Parecía una metáfora de la frialdad, de la soledad a la que habían condenado a morir a una generación que lo había dado todo por nosotros. 

Conocía, incluso por sus nombres, a muchos de los ancianos de aquella residencia: Jorge, Anacleto, Vicenta, Maribel o “el Mangas”. Con alguno de ellos me entretuve algún rato echando una partida al tute. Cuando me llamó el doctor de la residencia me acordé de ellos, y antes de que me informara del estado de Josefa, pregunté por su estado. Me dijo que le estaba prohibido informar de la situación de otros pacientes, pero que la situación era muy complicada en el Centro, varios trabajadores estaban enfermos y él mismo estaba pasándolo muy mal. Por un momento se vino abajo y comenzó a llorar al otro lado del teléfono. Cuando se rehizo, me dio el parte de salud de Josefa. Durante los últimos días tenía fiebre y aunque no presentaba síntomas externos como tos o dificultades para respirar, era muy probable que estuviera infectada. Según el doctor Benavides, no disponían del material para hacer pruebas y los ancianos se les morían en los brazos. “Telefoneo a la familia para informar del estado de un enfermo y a los cinco minutos tengo que llamar otra vez porque se ha muerto”, resumía en su estado de abatimiento. Le dije a Lola que no se preocupara y que se aferrara al dato de la inexistencia de síntomas asociados al coronavirus. Tal vez, el origen de la fiebre estuviera en los problemas renales que padecía Josefa de manera crónica. 

Muy lejos de la tragedia de los ancianos madrileños, la Unión Europa alcanzó un acuerdo mínimo la noche del 9 de abril. En realidad, no contentó a ninguna de las partes en disputa. Europa era incapaz de hacer frente de manera común a la mayor emergencia sanitaria en el último siglo. Italia exigía la emisión de eurobonos y los ministros de finanzas pospusieron la decisión sobre esta cuestión para más adelante. Francia y Alemania se habían esforzado en llegar a un acuerdo con el fin de movilizar medio billón de euros en créditos. La medidas aprobadas suponían acudir a un mecanismo creado en la época de los rescates, el MEDE, un instrumento que casi ningún país utilizaba porque era más barato acudir a los mercados de deuda. El Eurogrupo aprobó créditos a las finanzas públicas (240.000 millones de euros), empresas (200.000 millones) y trabajadores (100.000 millones). Dejando para más adelante un plan de reconstrucción. El 23 de abril, se produjo la reunión a distancia de los líderes, que se saldó con nuevo fracaso. Se aprobaron las ayudas, pero se postergó la aprobación del Plan de Reconstrucción, y sobre todo, si sería préstamos o transferencias con cargo al presupuesto. Solo buenas palabras. 

La mala suerte es consecuencia de hacer mal las cosas o de la incapacidad de preverlas. El caso es que las presiones para relajar el confinamiento se fueron imponiendo. Esos días se confirmaba, que el número más elevado de contagios en España se daba en los hospitales, en las residencias de mayores y en los transportes públicos. Aún así, se tomaron decisiones que frenaron la reducción de la expansión de la enfermedad experimentada en las dos últimas semanas. En las grandes ciudades no se tomaron medidas para que los viajes entre domicilio y centros de trabajo,  se realizaran exclusivamente en vehículo individual o con un solo conductor. No se habían despejado las dudas de estas medidas, cuando se incrementó la presión para que los niños salieran a la calle, en medio de una fuerte polémica. El 2 de mayo se permitieron paseos y la práctica de ejercicio físico. Se había desoído la opinión de algunas voces en España, pero también de la OMS o de The New York Times, que consideraban demasiado prematuro aflojar el confinamiento. 

En la primera quincena de Mayo, sucedieron acontecimientos que agravaron la crisis a nivel mundial. En Brooklyn, el Bronx y en algunas ciudades del estado de Nueva Jersey, estallaron graves conflictos provocados por la desatención sanitaria y el desabastecimiento alimentario. Hubo decenas de muertos y Donald Trump ordenó la intervención del ejército. El Alcalde de Nueva York, Bill De Blasio y el Gobernador del Estado, Andrew Cuomo, denunciaron que el caos y la barbarie se había apoderado de Norteamérica y pidieron el cese del primer mandatario del país. Muchos norteamericanos decidieron salir a la calle, unos en búsqueda de comida y otros para protestar y exigir la dimisión de Trump. Estallaron conflictos raciales en varias ciudades. Muchos congresistas republicanos se unieron a los demócratas para impulsar un nuevo impeachment por traición. 

En 2019, el Senado de los Estados Unidos absolvió a Donald Trump de los cargos de abuso de poder y obstrucción al Congreso por escándalo que relacionaba a Ucrania con las campaña electoral que le llevó a la Casablanca. Entonces, casi todo el bloque republicano cerró filas con el magnate y los votos de los demócratas y algún republicano disidente, fueron insuficientes para sacar a Trump de la presidencia. Cuánto lo lamentaría el pueblo norteamericano y cuantas vidas se podrían haber salvado. 

Otro hecho desgraciado fue el rebrote del coranavirus en Shangai. Esta ciudad portuaria era la principal base logística que distribuía al mundo buena parte de las mercancías sanitarias. El 10 de mayo se anunciaron 3 nuevos casos confirmados en la ciudad y en una semana se incrementaron hasta 208. Estos son solo datos oficiales, aunque se sospecha que el contagio fue mucho más grave. Las autoridades chinas decidieron reforzar las medidas de confinamiento en todas las grandes ciudades chinas y prohibir la exportación de material sanitario. La medida dejó si un aprovisionamiento esencial a los países más castigados por la pandemia como España, impidiendo la reposición regular de respiradores, equipos de protección individual o mascarillas. 

Las cifras del paro en España y en el mundo se disparaban, las bolsas se desplomaron, en la mayor parte de los países la gente seguía enfermando y los muertos superaban los 200.000 en todo el planeta, 25.000 en España. La incertidumbre sobre el futuro era total y completa. Este era el panorama desolador del 4 de Mayo, cuando se inició la "desescalá" con división entre aplausos y cacerolas. Un proceso gradual dividido en 4 fases que tenía que haber finalizado el 22 de junio, fecha prevista para la vuelta a la "nueva normalidad". 






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